Se cumplieron 30 años de “Mi pobre angelito”

Cultura

El 16 de noviembre de 1990 se estrenó en EE.UU. este filme que surgió de una idea muy simple y se transformó en un fenómeno cultural, a partir del humor, muchas trampas y un mensaje sobre la importancia de los afectos.


La primera imagen que vemos cuando empieza Mi pobre angelito (Home Alone) es la enorme casa en Chicago llena de lucecitas doradas rodeando las quince ventanas de la fachada. La casa es la gran protagonista de esta película que cumple 30 años. En ese caserón de varias plantas suceden las peleas, las reflexiones y la esperada reconciliación. No es una una historia sobre una pareja, sin embargo, es un relato de amor. De un amor más difícil de explicar e incluso sostener. Somewhere in my memory, de John Williams, sonando y la calle cubierta de nieve nos transportan a los días previos a la Navidad. Antes de entrar a la casa del 671 de Lincoln Boulevard ya escuchamos los gritos y reclamos. Adentro los niños y adolescentes van de acá para allá, suben y bajan las escaleras sin registrar lo que sucede a su alrededor. En el Hall se encuentra un policía que busca atención sin suerte. Los adultos también pasan apurados desatendiendo el pedido del oficial. Cada uno está en su mundo, metido en su propia necesidad y urgencia. No hay empatía por el otro. En el piso de arriba se encuentra el niño protagonista, Kevin McCallister. Interpretado por el ya famoso Macaulay Culkin, el pequeño actor de diez años que se dio su primer beso en la pantalla grande.

Kevin busca una respuesta en su madre porque su tío Frank le prohibe que vea una película junto a él. La madre, Kate (Catherine O´Hara), habla por teléfono y quiere sacárselo de encima. El niño se lanza arriba de la cama de sus padres intentando conseguir esa atención que tanto anhela. Su padre, Peter (John Heard), tampoco responde a sus pedidos. Lo único que tiene para decirle es que recoja sus juguetes del suelo porque su hermana casi se rompe el cuello. Todos están ansiosos porque a la mañana siguiente viajarán en familia a París, a pasar la Navidad en otro continente. Algunos buscan el shampoo, otros el secador de pelo mientras otro integrante descubre que no compró el adaptador de voltaje. La cámara persigue a los personajes por toda la casa hasta marearnos. Kevin tiene que hacer su valija solo por primera vez, pero no sabe cómo empacar. Es caprichoso pero también es maltratado por quienes lo rodean. Lo llaman la peste, inútil e incompetente. Su hermano mayor, Buzz, le advierte que hará que su tarántula lo devore. Kevin no se siente querido por su familia y se anima a pensar que sería mucho más feliz sin ellos.

Mi pobre angelito está dirigida por Chris Columbus, sin embargo, tiene el sello John Hughes. quien escribió y produjo la película. La historia de cómo se le ocurrió la idea del film es tan graciosa como la película: se estaba por ir de viaje y comenzó a repasar los objetos y papeles que no debía olvidar por nada del mundo. Fue entonces cuando pensó: “¿qué sería lo más insólito que me olvidé de llevar? ¡Mi hijo!”. Esa simple anécdota fue el motor del proyecto. Hughes se permitió convertir en película a su mayor miedo: ser mal padre. En todas sus películas la paternidad es central, incluso en aquellas donde los adultos no son tan importantes. En Pretty in Pink (1986), el personaje de Harry Dean Stanton intentaba abrirse a su hija Andie (Molly Ringwald) a pesar de que tenga que enfrentarse a sus propias heridas del pasado. Le compraba un vestido rosa que ni siquiera podía pagar para su baile de graduación. En Sixteen Candles (1984), el padre de Samantha (también Molly Ringwald), interpretado por Paul Dooley, hacía un esfuerzo por comprender los dramas de una chica de 16 años, su hija. En las películas de Hughes (dirigidas, escritas o producidas) los padres hacen lo mejor que pueden. Mi pobre angelito es su primera película que no trata de adolescentes besándose. Y, en este caso, el conflicto entre padres e hijos es central en el relato.

Hughes era una máquina de escribir películas. Un hombre de industria. Cuando se le ocurrió hacer Ferris Bueller’s Day Off tuvo la idea el lunes y al martes siguiente ya estaba dentro del presupuesto de la Paramount. “No podía caminar”, contó a fines de los 80 recordando esa intensa semana. El por qué Chris Columbus terminó dirigiendo Mi pobre angelito es bastante curioso. Hughes le había pedido a Columbus que dirigiera National Lampoon’s Christmas Vacation (1989), la comedia protagonizada por Chevy Chase. Al reunirse con este actor Columbus empezó a vivir una pesadilla. “Me trató como basura”, le dijo a Hughes. “Luego tuve otra reunión con Chevy y fue peor. Llamé a John y le dije: ‘No hay forma de que pueda hacer esta película. Sé que necesito trabajar, pero no puedo hacerlo con este tipo’”, cuenta Columbus que le dijo a Hughes. Quien no solo lo entendió sino que apoyó su decisión. A las dos semanas Hughes le envió el guion de Mi pobre angelito y le ofreció dirigirla. La película que cambiaría el destino de ambos: la carrera de Columbus se volvió importante y no paró de dirigir tanques. Y Hughes se dedicó a hacer películas aptas para todo público donde los niños están en el centro del plano. Mi pobre angelito no solo los cambió a ellos, modificó la industria y, lo que es más importante, nos modificó a nosotros como espectadores.

“No quiero tener una familia. ¡Las familias apestan!”, le grita Kevin a su madre luego de discutir tras una cena arruinada. “Una familia es un poco eso de pueblo chico junto a su eterno infierno grande”, decía un personaje en la película dramática Junebug (Phil Morrison, 2005). El niño de ocho años piensa que sería un alivio despertarse y ya no tener que ver a sus padres, ni a sus hermanos, ni a sus primos, y menos que menos a su tío Frank. En Mi pobre angelito no existen papeles pequeños, aún quien tenga una sola línea de diálogo. Hughes explicaba que su forma de trabajar es muy distinta a la de otros productores y directores. Lo usual en la industria es que solo pongan atención al casting de los protagonistas, el resto se va llenando. Para Hughes todos los actores eran igual de importantes, porque cada uno tenía su escena. “Sería muy fácil agarrar diez niños del montón y ponerlos a todos en la película. Pero cada nene tiene que tener algo que lo distinga. Una pequeña particularidad”, contó en 1990 tras el éxito del filme.

¿Cuánto peso tiene un deseo? Kevin repite “¡Espero no verlos nunca más!”. Luego se recuesta en la cama del altillo, el lugar de la casa que tanto lo aterra. Las nubes se corren, se levanta un viento fuerte que agita el adorno que cuelga de la puerta principal. Una corona con Papá Noel sonriendo en el centro. La cámara lo encuadra. ¿Cumplirá el deseo de Kevin? Un ventarrón sacude una rama de un árbol hasta cortarla. Cae sobre el poste de electricidad provocando un cortocircuito, dejando sin luz a todo el vecindario. ¿La fantasía de Kevin provocó el fenómeno? El corte de luz genera que los despertadores no suenen. De ahí la famosa escena del grito “¡Peter! ¡Nos quedamos dormidos!”. Kevin se despierta cuando el avión, con toda su familia embarcada, despega. “Espero no haberme olvidado nada”, dice la madre del niño segundos antes de que el avión se eleve. La casa donde vive Kevin está en completo silencio. A él le llama la atención. Baja a la cocina a desayunar, prende la televisión. Comienza a preocuparse. Algo raro está pasando. Kevin llama a sus padres, nadie contesta en las habitaciones ni en los pasillos. Solo está la caldera en el sótano, a la que no solo teme, imagina que se lo va a comer. El problema es que ya no tiene un adulto cerca que desenrede sus miedos.

Kevin tiene la ingenuidad de los niños, el desconocimiento de cómo funcionan las cosas: al ver los autos de sus padres en el garage cree que no han ido al aeropuerto. Por esas inocencias infantiles es que el conflicto funciona en la película. John Hughes confesó en 1990 que tuvo un asistente técnico muy especial para entender cómo piensa y actuaría un niño en la situación de Kevin. Esa persona fue su propio hijo de diez años. A quien Hughes le preguntó cada detalle de la película. En ese intercambio reside el retrato fiel y minucioso que el guionista hace de un niño. “Hice desaparecer a mi familia”, dice en voz alta, y mirando a cámara. Primero con cara de preocupado, pero de repente repite la frase. Esta vez levantando las cejas, con una sonrisa de oreja a oreja. Se siente poderoso, imbatible. Su deseo se hizo realidad y ahora debe hacerse cargo. Y lo hace: salta arriba de la cama comiendo palomitas de maíz. Come kilos de helado enchastrándose la ropa. Corre por toda la casa. Grita “¡Soy libre!”. Pero, ¿cuál es el precio de la libertad en un niño de ocho años?

Kevin se sienta a ver la película (ficticia) Ángeles con almas impuras. Hay tiros, un asesinato, un muerto. El niño vuelve a descubrir que se quedó solo, pero esta vez ya no sonríe. Tiene miedo y necesita a su mamá para que lo calme. Para que le diga que está todo bien, que es solo una película. Eso es lo que deberían hacer las madres: alejarnos del peligro. Real o imaginario. Asegurarnos que mientras ella esté no nos va a pasar nada. ¿Y si no está? Kevin se esconde abajo de la cama, comienza a arrepentirse de pedir aquel deseo de Navidad. Pero se da cuenta de que no es momento para hacerle espacio al miedo. Entonces se dice a sí mismo: “Yo no puedo ser cobarde. Soy el hombre de la casa”.

Kevin es ingenioso. Para simular que la casa está habitada, y protegerse de los ladrones Merv (Daniel Stern) y Harry (Joe Pesci) sienta a unos maniquíes en una mesa contra la ventana y a unas siluetas las hace bailar al ritmo de Rockin Around the Christmas Tree. Una figura de cartón con el rostro de Michael Jordan es amarrada a un trencito de juguete. Trencito que pasea al basquetbolista de dos dimensiones por todo el living a través de una pista circular. Kevin aprende a dominar el miedo, a lavar ropa y a hacer las compras en el supermercado. Pero sigue siendo un niño indefenso que le da pánico la barba blanca del viejo Marley. Su vecino osco que se transformó en la leyenda terrorífica del barrio: el asesino de la pala. Fue Buzz quien le contó a Kevin que en 1958 el viejo Marley mató a toda su familia y a varios vecinos con una pala para nieve. “Desde entonces, se oculta en este barrio”, narró el hermano mayor de Kevin. Ese personaje es el perfecto reflejo del niño de ocho años, la única diferencia es que tiene canas y una mirada mucho más triste. Sin importar la distancia entre la edad del anciano y la del niño ambos tienen el mismo miedo: quedarse solos.

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